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sábado, 5 de junio de 2010

Las Cinco Águilas Blancas, Tulio Febres Cordero


Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas blancas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas.
¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena sólo dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota.
Eran aquellos días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, primera mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes de Ande empinado.
Era la hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina, y jugaba como el viento con las flores y los árboles.
Caribay vio volar por el cielo las enormes águilas blancas, cuyas plumas brillaban a la luz del sol como láminas de plata, y quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió son descanso tras las sombras errantes que las aves dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió a un monte y otro monte; llegó, al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las montañas andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban por un lado; y por el otro, una escala ciclópea, jaspeaba de gris y esmeralda, la escala que formaban los montes, iba por onda azul del Coquivacoa.
Las águilas blancas se levantaron, perpendicularmente sobre aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra.
Entonces Caribay pasó de un risco a otro por las escarpadas sierras, regando el suelo con sus lagrimas. Invoco a Zuhé, el astro rey, y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista, y el sol se hundía ya en el Ocaso.
Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, e invocó a Chía, la pálida luna; y al punto detúvose el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas, y un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte.
Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna habia aparecido, y en torno de ella volaban las cinco águilas blancas refulgentes y fantásticas. Y en tanto que las águilas descendían majestuosamente, el genio de los bosques aromáticos, la india mitológica de los Andes moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar.
Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera, y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al firmamento azul.
Caribay quería adornar su coroza con aquel plumaje raro y espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas plumas, pero un frío glacial entumeció sus manos: las águilas estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de hielo.
Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un misterio, pero no un misterio pavoroso. La luna oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos, y las águilas blancas se despiertan.
Erizanse furiosas, y a medida que sacuden sus monstruosas alas el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con el plumaje blanco.
Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida.
Las cinco águilas blancas de las tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve.
Las grandes y tempestuosas nevadas son el furiosas despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de páramo, es el remedo del canto triste y monótono de Caribay, y el mito hermoso de los Andes de Venezuela.

Referencia: Febres Cordero, Tulio. (1983). Mitos y tradiciones [2da. Ed.]. Merida, Venezuela: Universidad de Los Andes

jueves, 3 de junio de 2010

Tulio Febres Cordero


Escritor, docente, periodista, cronista, fundador de periódicos y de imprentas. Sus cuentos y leyendas son lectura obligada para los estudiantes merideños. Este Lunes 31 de Mayo, se cumplieron 150 años de su natalicio y por esta le rendimos un breve homenaje.
Tulio Febres Cordero nació en Mérida el 31 de Mayo de 1860 y murió en su ciudad natal, el 03 de Junio de 1938. Su pensamiento, vida y obra aún vigentes, hacen más falta que nunca en la Ciudad de los Caballeros. Manifestó afecto a lo nativo a través de sus escritos, característicos por una pluma excepcional que tendió a preservar elementos consustanciales de su tierra natal. Su excelente estilo narrativo hizo de su nombre una importante referencia de la tradición merideña.
Don Tulio Febres Cordero fue historiador, periodista, cronista, escritor, ensayista, articulista, cuentista, novelista, aprendiz de relojero, zapatero, tipógrafo, impresor, inventor y creador de la "imagotipia", orador, carpintero, encuadernador, maestro abnegado, devoto cristiano, esposo y padre ejemplar.
La relación de Don Tulio Febres Cordero con la Universidad de Los Andes, empezó cuando inició sus estudios en la institución en 1871, cuando contaba con 11 años. En 1878 la universidad le otorga el título de Bachiller en Filosofía e inmediatamente comienza la carrera de Derecho.En 1881 es designado catedrático interino de la clase de Gramática Castellana.Aunque culminó sus estudios de Derecho en 1882 recibió su título 18 años más tarde, en 1900, a instancias del rector Caracciolo Parra y Olmedo.Para recibir el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas escribe una tesis sobre la Legislación Primitiva de América, la cual se publica en ese mismo año. En 1889 es nombrado miembro de la Junta Redactora del primer Anuario de la Universidad de Los Andes. Allí encontramos artículos pioneros sobre cambios climáticos,las temperaturas ambientales, la situación de los ríos de Mérida, la economía y la sociedad. Don Tulio aparte de ser cronista de la ULA, empieza a escribir sobre Mérida y los Andes. Otro hecho importante dentro de la labor realizada por Tulio Febres Cordero dentro de la universidad fue su designación en 1910, por parte del Rector Ramón Parra Picón, como miembro de la comisión para la celebración del Centenario de la Universidad de Los Andes, de la cual fue Vicepresidente.
Se considera que él primer historiador que reconoció que la Universidad de Los Andes fue fundada en 1810. Tal aseveración la había escrito en su periódico El Lápiz en 1881, en un artículo sobre las primeras universidades de Venezuela. También destaca que el rector Ramón Parra Picón le solicitó a Don Tulio la organización del Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes. En 1936, el gobierno del Presidente Eleazar López Contreras le nombra Rector Honorario de la Universidad de Los Andes, título que llevó con orgullo hasta el día de su muerte, ocurrida el 3 de Junio de 1939, a la edad de 78 años.

Referencia:
Puentes, Igor. (2010). El patriarca de las letras merideñas dejó su huella en la ULA. Frontera, 2C
Valbuena, Carmen. (2010). Mérida necesita a Tulio Febres Cordero.